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Cuba agrava su pobreza y falta de libertades cinco años después de la muerte de Fidel Castro

Fidel Castro gobernó Cuba durante más de 50 años. A lo largo de su ‘reinado’ en la dictadura más longeva de América, con su vestimenta verde olivo, barba y tabaco, llegó a ser una figura casi mítica, una leyenda construida también por él mismo y sus partidarios, para lograr hacerlo ver como un líder mesiánico. Algunos historiadores lo describieron como narcisista y, como tal, con grandes dotes histriónicas. Gravemente enfermo, en 2006 legó la presidencia del país a su hermano Raúl, si bien continuó influyendo en el Gobierno hasta su muerte, acaecida el 25 de noviembre de 2016, a los 90 años de edad.

Tras su fallecimiento hubo pugnas familiares por el poder. El misterioso suicidio del hijo mayor de Castro avivó los rumores al respecto. Poco a poco, Raúl y sus hijos lograron hacerse del control del país; hoy Gaesa, dirigida por el exyerno de Raúl, Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, administra el 80% de la economía de la isla. Mientras, los hijos y nietos de Fidel se dedican a disfrutar de los beneficios del apellido y de lujos inimaginables para esos millones de cubanos a los que, durante décadas, Castro pedía sacrificios y sumió en la miseria.

Un país empobrecido
En 2018, Raúl Castro entregó la presidencia a
Miguel Díaz-Canel
y, tres años más tarde, el cargo de primer secretario del Partido Comunista. Ni Raúl ni Díaz-Canel poseen el carisma ni la capacidad intimidatoria que poseyó Fidel. A cinco años de su muerte, Cuba es una sociedad empobrecida, cuyos dirigentes se han visto obligados a desarrollar cierta apertura económica pero que fracasa una y otra vez al verse anquilosada por una ideología que en más de 60 años no ha podido demostrar su supuesta eficacia.

Fidel Castro, en 1995

Reuters
Solamente en 2020, el PIB de Cuba tuvo una caída de 11%, la mayor desde 1993, a lo que se añade una superinflación provocada tanto por la crisis sanitaria como económica, agravada por las sanciones estadounidenses y la pésima administración gubernamental; estos factores han expuesto los males sociales y deficiencias del sistema.

En medio de esa crisis también de credibilidad política, Fidel es ese personaje al que se recurre ante el peligro de pérdida del poder, es el recuerdo que encarna a la ‘revolución’ y sus supuestos logros sociales y es, a su vez, la evocación del miedo que en vida infundió. Ese es su verdadero legado: miles de fusilados, encarcelados, torturados y exiliados por oponerse a su ego narcicista, un miedo casi genético que todavía es usado por los herederos de su escuela de autoritarismo.

Nueva generación
A la muerte de Fidel se han ido sumando las de otros ‘líderes históricos’, cuyas epopeyas son cada vez más ajenas a las nuevas generaciones, las de los nietos de la ‘revolución’; estos pertenecen a la era de internet, esa herramienta instalada mediante datos móviles desde fines de 2018. Este aspecto es sumamente importante para comprender las dinámicas que se viven hoy en Cuba: las redes sociales se han convertido en el espacio cívico y de movilizaciones ciudadanas. Aunque aún es extremadamente cara e inaccesible para muchos cubanos, las redes sociales han logrado arrebatarle el monopolio de la información a los medios oficiales cubanos, los que, durante décadas, han estado al servicio de la cúpula militar.

Esta nueva generación, en gran medida, rechaza el exilio como única alternativa para la prosperidad económica y profesional, piensa más en el futuro que en el pasado y, como sociedad civil, en apenas un año ha generado movilizaciones nunca ante vistas con el objetivo de abogar por cambios políticos, por el respeto a los derechos humanos.

El Movimiento San Isidro (MSI) generó protestas contra el Decreto 349 y por la libertad de expresión; la huelga de hambre desarrollada por varios de ellos entre el 18 y el 26 de noviembre de 2020 y el violento desalojo por parte de la Seguridad del Estado, provocó la masiva manifestación frente al Ministerio de Cultura el 27 de noviembre. Ese día nacía el 27-N, plataforma que reunía a artistas e intelectuales que, durante varios meses, junto al MSI, avivaron la furia del régimen cubano, también las ansias de libertad. La represión evitaba que las protestas pacíficas la mayoría de las veces llegara a vías de hechos, pero las redes sociales invitaban cada vez más a la acción.

La chispa llegaría el 11 de julio de 2021, cuando el poblado de San Antonio de los Baños se lanzó en masa a las calles a gritos de «Libertad», «Díaz-Canel singao», «Abajo la dictadura» y «Patria y Vida», e inmediatamente la llama se extendía por toda la isla. Poco después una nueva manifestación se convocaría para noviembre y, aunque la Seguridad del Estado militarizó el país e infundió el miedo para evitarla, nunca antes el mundo había repudiado tanto al régimen cubano, nunca antes los cubanos dentro y fuera se habían mostrado tan unidos.

Hoy el terror que enseñó y sostuvo en el poder a Fidel persiste, pero hasta el miedo tiene límites, y en la isla cada vez más se suman factores internos y externos que pudieran conducir a los cubanos a alcanzar la libertad.

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