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Todos los latinoamericanos somos hispanos

Corría el año 1988 y yo pisaba por primera vez tierra española. Como buen peruano, lo primero, la gastronomía. Fue disfrutando mis primeras gambas blancas en un bar de tapas, cuando tomé consciencia de mi hispanidad de manera tan abrupta como aleccionadora. Con la carga de aquel falso indigenismo con el que nos educan en América Latina, inicié una conversación con parroquianos habituales con aquello de «cuando ustedes nos conquistaron …». «No chaval –me increpó uno de ellos– los que se fueron fuisteis vosotros, porque nosotros aquí nos quedamos». Al final de ese año, tuve la suerte de ser invitado a Berlín Este por el embajador de mi país en la República Democrática Alemana, topándome con el contraste entre la vida en socialismo y la vida en capitalismo. Ambas anécdotas me han venido a la memoria en la España de estos días, cuando personalidades del PP se han visto en la obligación de responder a las ridículas invocaciones al «perdón» por parte del presidente de México y del Papa. Ello, dos meses después de que el señor Pedro Castillo (¿Qué nombre puede ser más castizo?), con ese sombrero europeo-colonial que utiliza para escenificar su «origen indígena», insultara al Rey de España en su discurso de investidura como presidente peruano.

«El indigenismo es el nuevo comunismo», han señalado hace unas semanas Aznar y Ayuso. Y no les falta razón. Solo me permito una digresión: en países como el Perú, el indigenismo siempre acompañó al comunismo, desde que José Carlos Mariategui (intelectual fundador del Partido Comunista del Perú un siglo atrás) se refiriera al «problema del indio» como un tema económico, de lucha de clases. Esta manera desacertada de leer la historia, tuvo una edición estelar décadas después con el dictador socialista Juan Velasco Alvarado (1968-1975). Aún recuerdo cómo en los medios de comunicación estatizados se intentaba forzar el quechua, a mediados de los años 1970. ¿Cuál es la diferencia hoy? Que el nuevo indigenismo forma parte de un movimiento ideológico mundial que reniega del capitalismo con argumentos esotéricos, que inventa racismo donde no lo hay, que promueve un feminismo absurdo y que, en hispanoamerica, se ha convertido en anti-hispanismo. Nuestro hispanismo no es el resultado de una ordenanza de los Reyes Católicos, ni de un decreto de Francisco Franco. Todos somos hispanos, incluidos los cada vez más numerosos norteamericanos que así se autondenominan con orgullo, por efecto de una evolución cultural y migratoria espontáneas. Tan espontáneo como el emprendimiento en la economía de mercado. Forzar una ruptura con España es perjudicial culturalmente como lo sería forzar una ruptura en nuestras relaciones económicas, en un mundo en el que está demostrado que la libertad y el estado Derecho en el capitalismo son las bases del pacto social más civilizado. Unirse a España, con la ventaja de poder comunicarnos en nuestra lengua materna, el castellano, solo puede generarnos beneficios. Ahora los latinomericanos debemos enarbolar la bandera de nuestras raíces hispanas.

Daniel Córdova

fue Ministro de la Producción durante el Gobierno de Martín Vizcarra

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